La niña Josefa
Josefa no nació en una cuna aristocrática.
No tuvo una casa amplia, ni un patio central con arcadas, ni un salón del dosel
con los retratos del rey y la reina de España mirando con gallardía los territorios
conquistados.
La niña vivía en una vecindad con cuartos,
lavaderos y patios ubicada en la calle de San Felipe de Jesús, entre puente de
San Dimas y Puente de la Aduana Vieja.
La vecindad era propiedad del convento de
San Cayetano y su padre debía pagar renta a las monjas, en nombre de Dios cada fin
de semana.
El único adorno de la
inhóspita vivienda era un retrato del ángel guardián salvando a un niño de precipitarse
hacia el peñasco.
En una de las dos
habitaciones estaba la cama en donde Manuela pasaba todos los días. Después del
parto había quedado tan débil de los pulmones que le costaba trabajo respirar.
Los constantes ataques de tos minaban su fuerza y voluntad, y la convertían en
una eterna convaleciente. Su único consuelo era Josefita.



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