viernes, 16 de enero de 2015

LA NIÑA JOSEFA


La niña Josefa
  
   Josefa no nació en una cuna aristocrática. No tuvo una casa amplia, ni un patio central con arcadas, ni un salón del dosel con los retratos del rey y la reina de España mirando con gallardía los territorios conquistados.
  
   La niña vivía en una vecindad con cuartos, lavaderos y patios ubicada en la calle de San Felipe de Jesús, entre puente de San Dimas y Puente de la Aduana Vieja.

   
   La vecindad era propiedad del convento de San Cayetano y su padre debía pagar  renta a las monjas, en nombre de Dios cada fin de semana.
       El único adorno de la inhóspita vivienda era un retrato del ángel guardián salvando a un niño de precipitarse hacia el peñasco.

  En una de las dos habitaciones estaba la cama en donde Manuela pasaba todos los días. Después del parto había quedado tan débil de los pulmones que le costaba trabajo respirar. Los constantes ataques de tos minaban su fuerza y voluntad, y la convertían en una eterna convaleciente. Su único consuelo era Josefita.




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