Convivencia con
su padre
La pequeña Josefa pasó largos meses sin querer hacer nada.
Sacudía las sabanas de la cama de su madre, desesperada, como si el febril
movimiento pudiera regresar el tiempo.
“¿Dónde estás, mamá?”, repetía a
manera de oración.
No encontraba respuesta.
Entonces se aferró a su padre.
Se despertaba en la madrugada para mirarlo
empacar la carga que llevaría sobre la espalda hasta el centro de la ciudad. Al
momento de la despedida, Josefita temía perderlo por siempre y le suplicaba que
la llevara con él.
-Qué le cuesta llevarme, señor padre. No es
justo. La vecina sí lleva al sonso de su hijo a vender chucherías.
-Te he dicho que no puedo.
-Pero… ¿por qué?
-Porque eres muy inquieta, una matraca,
porque tocas todo, te me pierdes.
-Lléveme, padre, se lo ruego
-Basta… ¡a callar y a obedecer! –gritaba José.
Sin embargo, segundos después, conmovido
por las lágrimas, se animaba a llevarla al puesto, aunque tuviera que vigilarla
a sol y sombra.
Josefita disfrutaba mucho el paseo en la
carretilla, entre los bultos de la mercancía. Al descender en medio de la
plaza, sus ojos se atestaban de imágenes: hombres con sombrero, niños harapientos,
mujeres ofreciendo fruta en canastas. Los cajones ofrecían infinidad de productos: leña, cacao, joyas,
hortalizas, aves, peces, entre otras.
El cajón de José, estaba construido con
paredes de madera y techo de tajamanil a dos aguas, vendía también gran
variedad de telas, ropa y menaje de casa. Para tener ocupada a Josefita, José
Ortiz se daba tiempo, entre cliente y cliente, para enseñarle, con una paciencia
admirable, a escribir los nombres de las mercancías y sus respectivos precios.


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