jueves, 29 de enero de 2015

JOSEFITA EN SU INFANCIA

Convivencia con su padre

    La pequeña  Josefa pasó largos meses sin querer hacer nada. Sacudía las sabanas de la cama de su madre, desesperada, como si el febril movimiento pudiera regresar el tiempo.

         “¿Dónde estás, mamá?”, repetía a manera de oración.

   No encontraba respuesta.

   Entonces se aferró a su padre.

   Se despertaba en la madrugada para mirarlo empacar la carga que llevaría sobre la espalda hasta el centro de la ciudad. Al momento de la despedida, Josefita temía perderlo por siempre y le suplicaba que la llevara con él.

   -Qué le cuesta llevarme, señor padre. No es justo. La vecina sí lleva al sonso de su hijo a vender chucherías.

   -Te he dicho que no puedo.

   -Pero… ¿por qué?

   -Porque eres muy inquieta, una matraca, porque tocas todo, te me pierdes.

   -Lléveme, padre, se lo ruego

   -Basta… ¡a callar y a obedecer! –gritaba José. Sin embargo,  segundos después, conmovido por las lágrimas, se animaba a llevarla al puesto, aunque tuviera que vigilarla a sol y sombra.

   Josefita disfrutaba mucho el paseo en la carretilla, entre los bultos de la mercancía. Al descender en medio de la plaza, sus ojos se atestaban de imágenes: hombres con sombrero, niños harapientos, mujeres ofreciendo fruta en canastas. Los cajones ofrecían  infinidad de productos: leña, cacao, joyas, hortalizas, aves, peces, entre otras.



   El cajón de José, estaba construido con paredes de madera y techo de tajamanil a dos aguas, vendía también gran variedad de telas, ropa y menaje de casa. Para tener ocupada a Josefita, José Ortiz se daba tiempo, entre cliente y cliente, para enseñarle, con una paciencia admirable, a escribir los nombres de las mercancías y sus respectivos precios.

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