Manuela murió
Cuando apenas tenía cuatro años de edad, su
mamá murió. De su madre guardó sólo fragmentos, nunca el retrato completo: un
rostro pálido, la sonrisa ligeramente esbozada. Tantas veces la vio postrada,
que solía imaginar a la autora de sus días con colchas en lugar de enaguas y cuatro patas de madera en lugar de pies.
Busco a su padre para que la salvara de ese
sentimiento, el más terrible, y lo encontró sentado, impotente, tapándose el
rostro.
-Mamá no
despierta.
-Mi niña…
-alcanzó a decir con una voz delgadísima, pronta a quebrarse.
-¿Qué pasa?
-Se nos fue
al cielo- dijo y irrumpió en sollozos.
“Mamá, mamá,
mamá”, exclamo una, dos, cinco, mil
veces, pero Manuela, rígida, no le extendió ese par de brazos que solían
defenderla de lo incierto.

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