Tres Golpes
de Tacón el inicio
Porque así lo
manda la naturaleza humana, el primer lugar que habitó Josefa Ortiz fue el
vientre de Manuela Téllez, espacio líquido y confortable que la ayudo a crecer durante
meses.
Las horas
anteriores al parto, con dolores que aparecían y desaparecían como un mal
augurio, Manuela había temido tanto por su vida y por la de la criatura, que
ordenó a la partera iluminar la habitación
con los cincuenta cirios que, según sus creencias, le alejarían de las
tinieblas de la muerte. Con absoluta veneración le ofreció un Ave María a la
Virgen del Buen Parto.
Al
llegar la hora del alumbramiento sintió que se partía en dos y que sus huesos
nunca volverían a acomodarse: temblo y retembló en sus centros la tierra y
sintió que el vientre se le apretaba como un puño se cierra antes de dar un
golpe. Al fin, a fuerza de gritos y espasmos, el rostro exhausto de Manuela se
llenó de alegría.
“¡Es niña!
¡Una niña!”, anunció la partera.



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